Filosofía de la Educación – El Cristianismo, ¿qué
es? y ¿qué ofrece?
El
Cristianismo
¿Qué es?
¿Qué
ofrece?
Filosofía
de la Educación, II Parcial
4º
B Magisterio
Docente:
Carmen Burjel
Estudiante:
Eduardo Campos
24
de octubre de 2011
“¿Hay alguien que realmente sepa por
qué es cristiano? […] se ha desarrollado una generación que tal vez
pertenezca formalmente a la iglesia, pague los impuestos de la iglesia y más o
menos se valga de sus servicios pero ni siquiera sabe las cosas más elementales
acerca de su fe […] su fe es tan vaga
que cualquier cosa que satisfaga el capricho de una persona puede ahora
pasar por cristianismo”. Die Welt (El Mundo) (periódico alemán).
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E
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sta cita del diario Die Welt describe una triste situación que prevalece en la
apreciación del Cristianismo en nuestros días en países de la Cristiandad. El
enorme contraste entre lo poco que se sabe de las enseñanzas de Jesucristo y lo
que se practica hoy por quienes pretenden ser sus seguidores, es decir
cristianos, obliga a dar una respuesta a las preguntas planteadas en el tema de
este trabajo.
Tratándose de un asunto que gira en
torno a preguntas fundamentales que han sido punto de partida para cuestiones
filosóficas trascendentales que siempre han preocupado al hombre, y que se
presentan como el tuétano de la
filosofía, como lo son las preguntas ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a
dónde vamos?, o en resumen ¿cómo ser
felices?, es del todo un desafío el abordarlo.
Ateniéndonos a las preguntas que se
plantearon en clase al iniciarse una consideración del tema Cristianismo hemos entendido
fundamental que el punto de partida sea un glosario que aclare elementos
fundamentales, básicos, que al no estar definidos en la mente del lector,
constituirían un “ruido” en su recepción del contenido que intentamos
transmitir.
GLOSARIO
Antiguo
Testamento. Nombre dado a los 39 libros de la Biblia
escritos funda-mentalmente en hebreo, con
porciones de unos pocos escritos en arameo. Es aceptado tanto por el
Judaísmo como por el Cristianismo y ya
estaban disponi-bles en su totalidad en el Siglo I cuando surge este último. Es
llamado también Biblia Hebrea por algunos, así como Escrituras hebreo-arameas;
los judíos lo llaman TANÁJ, acrónimo para Ley,
Profetas y Escritos en idioma hebreo. La locución Antiguo Testamento no aparece en el texto mismo.
Apócrifa. Conjunto
de escritos judíos producidos en el período de cinco siglos que media entre el
cierre de la escritura del Antiguo
Testamento y el comienzo de la
escritura del Nuevo Testamento. Nunca
fueron considerados como divinamente inspirados por los judíos, pero son
aceptados como parte del canon que utiliza la Iglesia Católica Romana; se
encuentra en las traducciones católicas de la Biblia a idiomas vernáculos. Los
libros de los Macabeos contienen útiles aportes a la historia del pueblo judío en
tiempos de la dominación griega de la zona.
Biblia. (Escrita
desde el Siglo XVI AEC hasta el Siglo I EC). La palabra “Biblia” se deriva, a
través del latín, de la voz griega bi·blí·a, que significa “libritos”.
Esta pala-bra, a su vez, proviene de bi·blos, término que hace
referencia a la parte interior de la planta del papiro, de la que se hacía un
papel primitivo. Los griegos llamaron “Bi-blos” a la ciudad fenicia de Gebal,
famosa por su fabricación de papel de papiro. Con el tiempo, bi·blí·a
llegó a significar un conjunto de escritos, rollos o libros, y, por fin, la
colección de 66 pequeños libros que
componen la Biblia. Jerónimo (405 EC) llamó a esta colección Bibliotheca
Divina. La palabra Biblia, no
aparece en el texto de la Biblia.
Cristiandad.
Término polisémico. En este trabajo se utiliza en el sentido de (1) “espacio geográfico donde prevalece la
versión del Cristianismo que se consolidó con la adopción del mismo como religión oficial del Imperio
Romano (Siglo IV EC, luego de tres siglos de captación paulatina de conceptos
filosóficos y religiosos de la cultura griega, especialmente desde la escuela
platónica”, y (2) “creencias prevalecientes en el conglomerado de
denominaciones religiosas que componen la misma”.
Cristianismo.
Sistema de creencias y prácticas enseñadas y practicadas por Jesús de Nazaret
(Belén, 2 AEC –Jerusalén, 33 EC) y sus apóstoles y discípulos del Siglo I EC,
recopiladas en el Nuevo Testamento. Por siete años (30-36 EC) sus miembros
fueron exclusivamente judíos, y prosélitos de éstos, que le aceptaron como el
Mesías prometido al pueblo de Israel desde el primer libro del Antiguo
Testamento, Génesis, hasta el último, Malaquías. Desde fines del 36 EC se
esparció entre poblaciones de todo origen étnico. En un comienzo el cristia-nismo
se conocía entre sus miembros como el Camino, hasta la adopción por
estos del nombre cristianos. (ver cristiano)
Cristiano.
Término identificador de quienes aceptan y practican las enseñanzas de Jesús;
en uso desde alrededor del año 44 EC, once años después de la muerte de su
maestro.
Cristo.
Ver ungido
Evangelio. Vocablo
griego cuyo significado es buenas
noticias, buenas nuevas. Se utiliza para referirse al mensaje cristiano en
su totalidad, y también a cada uno de los relatos de la vida y enseñanza de
Jesús, cuatro en total, que llevan el nombre de dos apóstoles de Jesús, Mateo
y Juan, y de dos discípulos
allegados, uno al apóstol Pedro –Marcos-
y el otro al apóstol Pablo –Lucas-.
Jesús,
Jesucristo. Jesús es una abreviación del nombre original Iehoschúa que puede parafrasearse como Jehová es salvador. El nombre Jesucristo
combina los vocablos Jesús y Cristo, destacando su identificación como el
Mesías o ungido esperado por los judíos. Los judíos, en hebreo, le llaman Ieschu, acrónimo de una frase que
manifiesta su oposición, rayana en el odio en medios religiosos ortodoxos, a
la aceptación de Jesús como Mesías: “sean
borrados su nombre y su memoria”.
Judío.
Término polisémico que identifica a quien se considera descendiente de
cualquiera de los doce hijos del patriarca Jacob, hijo de Isaac, hijo de
Abraham, históricamente establecido en el territorio conocido más tarde como
Palestina, ocupado hoy por Israel y partes del mismo por Jordania y Siria. Judá
fue una de las doce tribus que se originaron de los hijos de Jacob, cuyo nombre
fue cambiado a Israel. El reino bíblico de Israel se dividió en dos luego de la
muerte de Salomón, tercer rey de la nación: uno que conservó el nombre Israel
(compuesto por diez tribus) y el otro –compuesto por dos tribus, Judá y
Benjamín- que se llamó Judá, teniendo a Jerusalén como capital. Tras la
conquista de Israel por Asiria comenzó a llamarse judío a todo descendiente de
cualquiera de las doce tribus. Conquistado el reino de Judá por Babilonia, y destruida
Jerusalén, los sobrevivientes fueron llevados en su casi totalidad al exilio. Luego
de 70 años el imperio Medo-Persa les permitió, a quienes quisieran, regresar a
Judá y reedificar Jerusalén. De ahí en más se estableció firmemente el término judío
para designar a todo descendiente de Israel. Al destruir Roma la ciudad de
Jerusalén por segun-da vez en el año 70 EC, los registros genealógicos fueron
quemados y ningún judío puede establecer hoy con certeza a qué tribu pertenece.
Religiosamente,
judío es quien sigue los preceptos de la religión judía, mezcla de la religión
hebrea del Antiguo Testamento y las tradiciones desarrolladas en el período posterior
al fin de la escritura de ese compendio de 39 libros considera-dos sagrados. Dichas
tradiciones están contenidas básicamente en el extensísimo libro llamado Talmud
al que la religión judía atribuye más autoridad que al Antiguo Testamento.
Puede llamársele Judaísmo Rabínico a la actual religión judía pues los Maestros
o Rabinos son lo que antaño fueran los sacerdotes, como precepto-res de lo que
es correcto creer y practicar como judío. En un sentido antropoló-gico, es
judío quien se identifica con la historia de ese pueblo, sin importar si es
religioso, agnóstico o ateo. La cédula de identidad de un ciudadano israelí, si
es judío, establece la nacionalidad como Judía y no Israelí.
Mesías.
Ver ungido
Nuevo
Testamento. Los 27 libros y documentos escritos por los discípulos
de Jesús. Cuatro narran la vida de Jesús, uno la historia de los primeros
cuatro decenios de la congregación cristina, diecisiete son cartas de apóstoles
y ancianos de la congregación del Siglo I, y cerrando el volumen según el orden
actual del canon, el Apocalipsis o Revelación compuesto por predicciones que
abarcan el futuro de la Tierra y de la humanidad. Con la excepción del primero
en ser escrito, Mateo –año 41- que se escribió originalmente en hebreo y luego
traducido, todos se escribieron en griego. Por ello se le llama también Escrituras cristianas griegas. La
locución Nuevo Testamento, no aparece
en el texto.
Ungido.
Vocablo español equivalente al hebreo Mesías
y al griego Cristo, que identifica a
quien ha sido elegido y designado oficialmente, derramándosele aceite sobre su
cabeza, para un cargo o función específico por quien tiene autoridad para
hacerlo.
UN CASO DE ETIQUETA
EQUIVOCADA
El identificar como
Cristianismo las doctrinas y prácticas que exhibe hoy el conglomerado de
denominaciones que agrupan a quienes afirman creer en Jesús de Nazaret, es un
caso de etiqueta equivocada. No asombra que la gente no pueda identificar lo
que se hace en nombre de aquel “humilde maestro de la Galilea”, como lo llamó
el historiador inglés G. H. Wells, con los principios más conocidos de su
doctrina.
El buscar respuesta a las
preguntas que siguen nos ayudará a entender lo que nos atrevemos a llamar dicotomía. ¿Qué fue el Cristianismo del
Siglo I EC? ¿Qué proceso ocurrió desde comienzos del Siglo II hasta que en 325
EC Constantino, un emperador romano pagano preside el Concilio de Nicea, fecha
en que termina el período de los mártires?
¿Qué diferencias importantes existen entre aquel Cristianismo y lo que siguió
al establecimiento de lo que hoy muchos llaman más afinadamente Cristiandad, término que se comienza a usar en
la Edad Media?
Ahora bien, cabe cuestionar
si ser cristiano solo implica asistir a servicios reli-giosos esporádicamente,
si acaso, y seguir ciertas costumbres y tradiciones. ¿No sería lógico que
con el término cristiano se aludiera a un modo de vivir que evidenciara
los valores, actitudes y conducta que Cristo predicó con la palabra y el
ejemplo? ¿En qué consistía el cristianismo en sus orígenes?
El cristianismo
primitivo: un modo de vivir; un camino a la
felicidad
Jesús dijo a sus discípulos:
“Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando” (Juan 15:14). Este principio elemental, excluye el sólo
creer en las doctrinas de Cristo como identificación de ser cristiano. La praxis marcó desde el comienzo al
Cristianismo. Siendo que la enseñanza de Jesús tenía que ver con todo aspecto
de la vida, al principio sus discípulos
denominaron a su religión el “Camino”. (Hechos 9:2). Poco después, nos
dice la Biblia, “por providencia divina se les llamó cristianos” (Hechos 11:26),
nombre que reflejaba su creencia de que Jesús era el Hijo de Dios y el medio
por el cual el Padre había transmitido su voluntad a la humanidad. Esta
convicción los hacía vivir de un modo muy diferente al de sus contemporáneos.
Las enseñanzas de Cristo en
el terreno moral impulsaron a sus
discípulos a seguir las normas bíblicas, lo que implicaba evitar, según lo
explicita el apóstol Pablo, “fornicación, inmundicia, conducta relajada,
idolatría, práctica de espiri-tismo, enemistades, contiendas, celos, arrebatos
de cólera, altercaciones, [...] borracheras, diversiones estrepitosas, y
cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21; Efesios 4:17-24). El apóstol
recordó a los cristianos de Corinto que algunos de ellos habían practicado esas
cosas en el pasado, incluyendo prácticas como las de ´hombres que se tienen para propósitos contranaturales y hombres que
acuestan con hombres.´ Entonces añadió: “Pero ustedes han sido lavados,
pero ustedes han sido santificados, pero ustedes han sido declarados justos en
el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 6:9-11).
El precepto de Jesús de que
sus discípulos “no son parte del mundo”
(Juan 17:16) tal como él no lo fue, hizo que los cristianos no intentaran
cambiar el orden social en el cuál influían solamente mediante su vida
ejemplar.
En el libro The Rise
of Christianity (La aparición del cristianismo),
E. W. Barnes menciona: “En los primeros documentos autorizados se
representa al cristianismo como un movimiento esencialmente moral y observante
de la ley. Sus fieles deseaban ser buenos ciudadanos y súbditos leales. Huían
de los defectos y vicios del paganismo. En la vida privada trataban de ser
vecinos pacíficos y amigos confiables. Se les enseñaba a ser sobrios e
industriosos, y a llevar una vida sin tacha. En medio de la corrupción y
el libertinaje reinantes, eran honestos y veraces si permanecían leales a sus
principios. Sus normas en materia sexual eran elevadas: se respetaba el vínculo
matrimonial y la vida familiar era pura”.
La participación del
cristiano en las guerras era inimaginable, a partir del principio de no ser
parte del mundo. Uno de los llamados Padres Primitivos de la Iglesia,
Tertuliano (siglos II y III) lo explicita así:
Pienso que debemos primero inquirir si
de manera alguna la guerra es apro-piada para los Cristianos. ¿Qué sentido
tiene discutir lo meramente incidental, cuando aquello sobre lo que se sustenta
está condenado? ¿Creemos que es legítimo que un juramento humano sea agregado a
uno que es divino? ¿Es legítimo que un hombre se someta a otro amo después que
Cristo ha llegado a ser su Amo? ¿Es legítimo renunciar a padre, madre, y a
todos los parientes cercanos, a quienes aún la Ley nos ha ordenado honrar y
amar en un lugar inferior solo a Dios mismo? ...¿Es legítimo hacer de la espada
una ocupación, cuando el Señor proclama que el que usa la espada perecerá por
la espada? ¿Tomará parte en la batalla el hijo de paz cuando ni siquiera le es
apto litigar? Quien no se venga ni de los propios daños, ¿aplicará la cadena,
la prisión, la tortura, y el castigo?
En obediencia estricta al
mandato de Jesús con que el apóstol Mateo cierra su evangelio: “Vayan, por lo
tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones” (Mateo
28:19, 20), todos los cristianos evangelizaban y en poco tiempo habían llevado
la enseñanza de Jesús a todos los rincones del Imperio Romano. Jean Bernardi,
profesor de la Universidad de la Sorbona (París), escribió: “[Los cristianos]
habían de salir y hablar en todas partes y a todo el mundo. En los caminos
y en las ciudades, en las plazas públicas y en los hogares. En circuns-tancias
favorables o desfavorables. A los pobres y a los ricos atados a sus
bienes. [...] Tenían que tomar los caminos, viajar en embarcaciones e ir
hasta los cabos de la Tierra”.
El cristianismo primitivo
condenó explícitamente la explotación
del trabajador, ya que el amor al prójimo
heredado de la religión hebrea y llevado hasta el grado de la prontitud a
sacrificarse a favor del semejante por el nuevo mandato de Jesús de “amar como
yo los he amado”, no podría armonizarse con esa práctica. La si-guiente cita de
la epístola de Santiago, medio hermano de Jesús, nos exime de abundar sobre la
doctrina cristiana sobre el particular:
“Vamos, ahora, ricos, lloren, aullando
por las desdichas que les sobrevienen. Sus riquezas se han podrido, y sus
prendas de vestir exteriores han quedado apolilladas. Su oro y plata
están enmohecidos, y el moho de estos servirá como testimonio contra ustedes y
comerá sus carnes. Algo semejante al fuego es lo que ustedes han acumulado en
los últimos días. ¡Miren! El salario que se debe a los obreros que cosecharon
sus campos, pero el cual es retenido por ustedes, sigue clamando, y los gritos
por auxilio de los segadores han entrado en los oídos de Jehová de los
ejércitos. Ustedes han vivido en lujo sobre la tierra y se han dado al
placer sensual. Han engordado sus corazones en el día del degüello. Han condenado, han asesinado al
justo. ¿No se les opone él?” (Santiago
5:1-6)
Paralelamente se enfatizó el
valor intrínseco del trabajo en la
vida del cristiano, amén de la solidaridad.
Véanse las siguientes directrices de Pablo:
“El labrador que trabaja con tesón tiene
que ser el primero en participar de los frutos.”
“De hecho, también, cuando estábamos con
ustedes, les dábamos esta orden: “Si alguien no quiere trabajar, que tampoco
coma.”
“El que hurta, ya no hurte más, sino,
más bien, que haga trabajo duro, haciendo con las manos lo que sea buen
trabajo, para que tenga algo que distribuir a alguien que tenga necesidad.”
No hay duda de que en
aquellos días se podía identificar fácilmente a quien era cristiano, y quien
sólo pretendía serlo.
Pero, si el cristiano
rehusaba aceptar cargos políticos y participar en incluso en lo que la
Cristiandad denominó “guerras justas” para dar razón de su intromisión y apoyo
a las guerras llevadas a cabo por naciones de la Cristiandad con la bendición
de las religiones “cristianas”, ¿cómo podría lograr él modificar la conducta de
los hombres?
Contrario a lo que se ha
intentado por la fuerza o por medios legales por gobiernos de todo cariz a
través de la historia, el cristianismo buscó y logró ese cambio desde adentro, con la
adopción de una “nueva personalidad”, la producción de un hombre nuevo, concepto desarrollado meticulosamente por el apóstol
Pablo. Uno de los pasajes en que destaca ese concepto es el siguiente:
“Deséchenlas
todas de ustedes: ira, cólera, maldad, habla injuriosa y habla obscena de su
boca. No estén mintiéndose unos a otros. Desnúdense de la vieja personalidad
con sus prácticas […] Vístanse de la nueva personalidad, que mediante
conocimiento exacto va haciéndose nueva según la imagen de Aquel que la ha
creado”. (Colosenses 3:8-10.)
De acuerdo con ello la enseñanza, y ésta en forma individual,
personal, se destacó en la actividad docente de Jesús y continuó siendo parte
fundamental de la actividad de los cristianos para propagar y arraigar su
doctrina. Se hace referencia a esa práctica en la admonición de Pablo, “además, que cualquiera a quien se esté
enseñando oralmente la palabra haga partícipe en todas las cosas buenas al que
da dicha instrucción oral”. (Gálatas 6:6)
En el curso de Filosofía de
la Educación, sería una omisión no destacar la preemi-nencia que se dio a la ética en la docencia cristiana. La
epístola paulina a los Romanos dice:
“Tú,
sin embargo, el que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, el que
predicas: “No hurtes”, ¿hurtas? Tú, el que dices: “No cometas adulterio”,
¿cometes adulterio? Tú, el que expresas aborrecimiento de los ídolos, ¿robas a
los templos? Tú, que te glorías en ley, ¿por tu transgresión de la Ley
deshonras a Dios? Porque “el nombre de Dios es blasfemado entre las
naciones a causa de ustedes”; así como está escrito.”
Estas expresiones eran
simple aplicación de la condena de Jesús a los líderes religiosos del judaísmo,
registrada por el evangelista Mateo:
“Entonces
Jesús habló a las muchedumbres y a sus discípulos, y dijo: “Los escribas
y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Por eso, todas las
cosas que les digan, háganlas y obsérvenlas, pero no hagan conforme a los
hechos de ellos, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las ponen
sobre los hombros de los hombres, pero ellos mismos ni con el dedo quieren
moverlas.”” (Mateo 23:1-4)
Otra característica notable
del cristianismo de Jesús fue la ausencia de una clase clerical o jerarquía
religiosa. Si bien se establecieron funciones en la estructura organizacional
del cristianismo, eso no establecía una división entre un clero mantenido y una
feligresía que lo mantiene.
“Cuídense de los escribas que desean
andar por todos lados en ropas largas, y a quienes les
gustan los saludos en las plazas de mercado y los asientos delanteros en
las sinagogas y lugares muy prominentes en las cenas, y que devoran las casas
de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán juicio más
pesado.” (Lucas 20:46, 47)
“Mas ustedes, no sean llamados Rabí,
porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos.
Además, no llamen padre de ustedes a nadie sobre la tierra, porque uno
solo es su Padre, el Celestial. Tampoco sean llamados ‘caudillos’, porque su
Caudillo es uno, el Cristo.
Pero el mayor entre
ustedes tiene que ser su ministro. El que se ensalce será humillado, y el
que se humille será ensalzado.” ( Mateo
23:8-12)
A propósito hemos evitado
tocar el ámbito doctrinal. Pero antes de pasar a analizar el cambio ocurrido desde
el segundo siglo en adelante, y no olvidando que estamos dando un vistazo
filosófico al cristianismo, en lo que toca a su respuesta a la eterna pregunta
de cómo alcanzar la felicidad, copiamos de la introducción de Jesús a su
célebre Sermón del Monte, o de la Montaña, en el capítulo 5 del evangelio según
Mateo. Aclaramos al hacerlo que la versión de la Biblia que citamos, versión en
español moderno, traduce correctamente la palabra griega makarios como felices y
no con el tradicional bienaventurados:
“Felices
son los que tienen conciencia de su necesidad espiritual, puesto que a ellos
pertenece el reino de los cielos.
”Felices
son los que se lamentan, puesto que ellos serán consolados.
”Felices son los de genio
apacible, puesto que ellos heredarán la tierra.
”Felices
son los que tienen hambre y sed de justicia, puesto que ellos serán saciados.
”Felices
son los misericordiosos, puesto que a ellos se les mostrará misericordia.
”Felices
son los de corazón puro, puesto que ellos verán a Dios.
”Felices son los pacíficos, puesto
que a ellos se les llamará ‘hijos de Dios’.
”Felices
son los que han sido perseguidos por causa de la justicia, puesto que a ellos
pertenece el reino de los cielos.
”Felices
son ustedes cuando los vituperen y los persigan y mentirosamente digan toda suerte de cosa inicua contra
ustedes por mi causa. Regocíjense y salten de gozo, puesto que grande es
su galardón en los cielos; porque de esa manera persiguieron a los profetas
antes de ustedes.” (Mateo 5:3-12)
Nace la Cristiandad
Con
Agustín de Hipona (354-430 EC), y nos referiremos sólo a un tema, cambia
totalmente la actitud de la religión, ya oficial del Imperio Romano y por ende
no más perseguida, hacia la relación entre ella y el mundo político que la
rodea. El haber recibido los miembros de la Jerarquía títulos, palacios y sueldo
del gobierno, que antes eran patrimonio de la religión pagana de Roma, su visión
del cristianismo cambió evidentemente. Pero faltaba el golpe de gracia
doctrinal.
El
Reino de Dios, -centro de la enseñanza de Jesús, de su predecesor Juan el
Bautista y de los discípulos del Siglo I- un gobierno de origen divino con el
Mesías o Cristo como rey, que sustituiría a los gobiernos humanos descritos aptamente como
“bestias” tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamen-to, era la esperanza
del cristiano. De ahí su desapego por los asuntos políti-cos de las naciones en
que vivían, considerándose, como lo definió Pablo, extranjeros en ellos en
tanto que ciudadanos ejemplares y solidarios, obe-dientes a la ley en todo otro
aspecto, mientras esa obediencia no implicara violación de los principios
cristianos. (“Tenemos que obedecer a Dios
como gobernante más bien que a los hombres.” El apóstol Pedro en Hechos
5:29)
“San”
Agustín cambió esta postura y la impuso en
la Iglesia Romana. El tener el favor del Estado, quien se proclamaba
“cristiano” y la defendía y la ayudaba a esparcirla por la espada a naciones
“paganas” –recordemos sólo la colonización y ”cristianización” de América- facilitó el
sostener que el Reino de Dios ya había sido establecido pasando la Iglesia a ser aliada inseparable del Estado, teniendo
ambas partes de este “matrimonio de conveniencia” obligaciones y derechos.
El
resultado para la población lega, la opresión, la explotación, las matanzas, la
crasa aceptación y práctica de la más flagrante inmoralidad –según la medida de
moral del cristianismo primitivo- a que dio lugar ese contubernio, que conservó
abusivamente el nombre de cristianismo, avergüenza las en-señanzas de su
fundador.
Cambiando la etiqueta
Un
mínimo respeto por las enseñanzas de Jesús, veámoslo como el Cristo,
el Hijo
de Dios, o como el más grande maestro de la historia, o como polí-ticamente
muchos lo denominan “el primer revolucionario” –cada cual desde su posición
ideológica sobre el particular- nos guía a colocar al producto que hoy se vende
como cristianismo, la etiqueta correcta: CRISTIANDAD.