martes, 31 de enero de 2012

Filosofía de la Educación - El Cristianismo, ¿qué es? ¿qué ofrece?


Filosofía de la Educación – El Cristianismo, ¿qué es? y ¿qué ofrece?


El 
Cristianismo
¿Qué es?
                       ¿Qué ofrece?


Filosofía de la Educación, II Parcial
4º B Magisterio
Docente: Carmen Burjel
Estudiante: Eduardo Campos
24 de octubre de 2011

         “¿Hay alguien que realmente sepa por qué es cristiano?  […]  se ha desarrollado una generación que tal vez pertenezca formalmente a la iglesia, pague los impuestos de la iglesia y más o menos se valga de sus servicios pero ni siquiera sabe las cosas más elementales acerca de su fe […] su fe es tan vaga  que cualquier cosa que satisfaga el capricho de una persona puede ahora pasar por cristianismo”.  Die Welt (El Mundo) (periódico alemán).


E
sta cita del diario Die Welt describe una triste situación que prevalece en la apreciación del Cristianismo en nuestros días en países de la Cristiandad. El enorme contraste entre lo poco que se sabe de las enseñanzas de Jesucristo y lo que se practica hoy por quienes pretenden ser sus seguidores, es decir cristianos, obliga a dar una respuesta a las preguntas planteadas en el tema de este trabajo.
Tratándose de un asunto que gira en torno a preguntas fundamentales que han sido punto de partida para cuestiones filosóficas trascendentales que siempre han preocupado al hombre, y que se presentan como el tuétano de la filosofía, como lo son las preguntas ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?, o en  resumen ¿cómo ser felices?, es del todo un desafío el abordarlo.
Ateniéndonos a las preguntas que se plantearon en clase al iniciarse una consideración  del tema Cristianismo hemos entendido fundamental que el punto de partida sea un glosario que aclare elementos fundamentales, básicos, que al no estar definidos en la mente del lector, constituirían un “ruido” en su recepción del contenido que intentamos transmitir.
                                                   
GLOSARIO
Antiguo Testamento. Nombre dado a los 39 libros de la Biblia escritos funda-mentalmente en hebreo, con  porciones de unos pocos escritos en arameo. Es aceptado tanto por el Judaísmo como  por el Cristianismo y ya estaban disponi-bles en su totalidad en el Siglo I cuando surge este último. Es llamado también Biblia Hebrea por algunos, así como Escrituras hebreo-arameas; los judíos lo llaman TANÁJ, acrónimo para Ley, Profetas y Escritos en idioma hebreo. La locución Antiguo Testamento no aparece en el texto mismo.
Apócrifa. Conjunto de escritos judíos producidos en el período de cinco siglos que media entre el cierre de la escritura del Antiguo Testamento  y el comienzo de la escritura del Nuevo Testamento. Nunca fueron considerados como divinamente inspirados por los judíos, pero son aceptados como parte del canon que utiliza la Iglesia Católica Romana; se encuentra en las traducciones católicas de la Biblia a idiomas vernáculos. Los libros de los Macabeos contienen útiles aportes a la historia del pueblo judío en tiempos de la dominación griega de la zona.
Biblia. (Escrita desde el Siglo XVI AEC hasta el Siglo I EC). La palabra “Biblia” se deriva, a través del latín, de la voz griega bi·blí·a, que significa “libritos”. Esta pala-bra, a su vez, proviene de bi·blos, término que hace referencia a la parte interior de la planta del papiro, de la que se hacía un papel primitivo. Los griegos llamaron “Bi-blos” a la ciudad fenicia de Gebal, famosa por su fabricación de papel de papiro. Con el tiempo, bi·blí·a llegó a significar un conjunto de escritos, rollos o libros, y, por fin, la colección de  66 pequeños libros que componen la Biblia. Jerónimo (405 EC) llamó a esta colección Bibliotheca Divina. La palabra Biblia, no aparece en el texto de la Biblia.
Cristiandad. Término polisémico. En este trabajo se utiliza en el sentido de  (1) “espacio geográfico donde prevalece la versión del Cristianismo que se consolidó con la adopción del  mismo como religión oficial del Imperio Romano (Siglo IV EC, luego de tres siglos de captación paulatina de conceptos filosóficos y religiosos de la cultura griega, especialmente desde la escuela platónica”, y (2) “creencias prevalecientes en el conglomerado de denominaciones religiosas que componen la misma”.
Cristianismo. Sistema de creencias y prácticas enseñadas y practicadas por Jesús de Nazaret (Belén, 2 AEC –Jerusalén, 33 EC) y sus apóstoles y discípulos del Siglo I EC, recopiladas en el Nuevo Testamento. Por siete años (30-36 EC) sus miembros fueron exclusivamente judíos, y prosélitos de éstos, que le aceptaron como el Mesías prometido al pueblo de Israel desde el primer libro del Antiguo Testamento, Génesis, hasta el último, Malaquías. Desde fines del 36 EC se esparció entre poblaciones de todo origen étnico. En un comienzo el cristia-nismo se conocía entre sus miembros como el Camino, hasta la adopción por estos del nombre cristianos. (ver cristiano)
Cristiano. Término identificador de quienes aceptan y practican las enseñanzas de Jesús; en uso desde alrededor del año 44 EC, once años después de la muerte de su maestro.
Cristo. Ver ungido
Evangelio. Vocablo griego cuyo significado es buenas noticias, buenas nuevas. Se utiliza para referirse al mensaje cristiano en su totalidad, y también a cada uno de los relatos de la vida y enseñanza de Jesús, cuatro en total, que llevan el nombre de dos apóstoles de Jesús, Mateo  y Juan, y de dos discípulos allegados, uno al apóstol Pedro –Marcos- y el otro al apóstol Pablo –Lucas-.
Jesús, Jesucristo. Jesús es una abreviación del nombre original Iehoschúa que puede parafrasearse como Jehová es salvador. El nombre Jesucristo combina los vocablos Jesús y Cristo, destacando su identificación como el Mesías o ungido esperado por los judíos. Los judíos, en hebreo, le llaman Ieschu, acrónimo de una frase que manifiesta su oposición, rayana en el odio en medios religiosos ortodoxos, a la  aceptación de Jesús como Mesías: “sean borrados su nombre y su memoria”.
Judío. Término polisémico que identifica a quien se considera descendiente de cualquiera de los doce hijos del patriarca Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, históricamente establecido en el territorio conocido más tarde como Palestina, ocupado hoy por Israel y partes del mismo por Jordania y Siria. Judá fue una de las doce tribus que se originaron de los hijos de Jacob, cuyo nombre fue cambiado a Israel. El reino bíblico de Israel se dividió en dos luego de la muerte de Salomón, tercer rey de la nación: uno que conservó el nombre Israel (compuesto por diez tribus) y el otro –compuesto por dos tribus, Judá y Benjamín- que se llamó Judá, teniendo a Jerusalén como capital. Tras la conquista de Israel por Asiria comenzó a llamarse judío a todo descendiente de cualquiera de las doce tribus. Conquistado el reino de Judá por Babilonia, y destruida Jerusalén, los sobrevivientes fueron llevados en su casi totalidad al exilio. Luego de 70 años el imperio Medo-Persa les permitió, a quienes quisieran, regresar a Judá y reedificar Jerusalén. De ahí en más se estableció firmemente el término judío para designar a todo descendiente de Israel. Al destruir Roma la ciudad de Jerusalén por segun-da vez en el año 70 EC, los registros genealógicos fueron quemados y ningún judío puede establecer hoy con certeza a qué tribu pertenece.
Religiosamente, judío es quien sigue los preceptos de la religión judía, mezcla de la religión hebrea del Antiguo Testamento y las tradiciones desarrolladas en el período posterior al fin de la escritura de ese compendio de 39 libros considera-dos sagrados. Dichas tradiciones están contenidas básicamente en el extensísimo libro llamado Talmud al que la religión judía atribuye más autoridad que al Antiguo Testamento. Puede llamársele Judaísmo Rabínico a la actual religión judía pues los Maestros o Rabinos son lo que antaño fueran los sacerdotes, como precepto-res de lo que es correcto creer y practicar como judío. En un sentido antropoló-gico, es judío quien se identifica con la historia de ese pueblo, sin importar si es religioso, agnóstico o ateo. La cédula de identidad de un ciudadano israelí, si es judío, establece la nacionalidad como Judía y no Israelí.
Mesías. Ver ungido
Nuevo Testamento. Los 27 libros y documentos escritos por los discípulos de Jesús. Cuatro narran la vida de Jesús, uno la historia de los primeros cuatro decenios de la congregación cristina, diecisiete son cartas de apóstoles y ancianos de la congregación del Siglo I, y cerrando el volumen según el orden actual del canon, el Apocalipsis o Revelación compuesto por predicciones que abarcan el futuro de la Tierra y de la humanidad. Con la excepción del primero en ser escrito, Mateo –año 41- que se escribió originalmente en hebreo y luego traducido, todos se escribieron en griego. Por ello se le llama también Escrituras cristianas griegas. La locución Nuevo Testamento, no aparece en el texto.
Ungido. Vocablo español equivalente al hebreo Mesías y al griego Cristo, que identifica a quien ha sido elegido y designado oficialmente, derramándosele aceite sobre su cabeza, para un cargo o función específico por quien tiene autoridad para hacerlo.



UN CASO DE ETIQUETA EQUIVOCADA
El identificar como Cristianismo las doctrinas y prácticas que exhibe hoy el conglomerado de denominaciones que agrupan a quienes afirman creer en Jesús de Nazaret, es un caso de etiqueta equivocada. No asombra que la gente no pueda identificar lo que se hace en nombre de aquel “humilde maestro de la Galilea”, como lo llamó el historiador inglés G. H. Wells, con los principios más conocidos de su doctrina.
El buscar respuesta a las preguntas que siguen nos ayudará a entender lo que nos atrevemos a llamar dicotomía. ¿Qué fue el Cristianismo del Siglo I EC? ¿Qué proceso ocurrió desde comienzos del Siglo II hasta que en 325 EC Constantino, un emperador romano pagano preside el Concilio de Nicea, fecha en que termina el período de los mártires? ¿Qué diferencias importantes existen entre aquel Cristianismo y lo que siguió al establecimiento de lo que hoy muchos llaman más afinadamente  Cristiandad, término que se comienza a usar en la Edad Media?
Ahora bien, cabe cuestionar si ser cristiano solo implica asistir a servicios reli-giosos esporádicamente, si acaso, y seguir ciertas costumbres y tradiciones. ¿No sería lógico que con el término cristiano se aludiera a un modo de vivir que evidenciara los valores, actitudes y conducta que Cristo predicó con la palabra y el ejemplo? ¿En qué consistía el cristianismo en sus orígenes?

El cristianismo primitivo: un modo de vivir; un camino a la felicidad
Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando” (Juan 15:14).  Este principio elemental, excluye el sólo creer en las doctrinas de Cristo como identificación de ser cristiano. La praxis marcó desde el comienzo al Cristianismo. Siendo que la enseñanza de Jesús tenía que ver con todo aspecto de la vida, al principio sus discípulos  denominaron a su religión el “Camino”. (Hechos 9:2). Poco después, nos dice la Biblia, “por providencia divina se les llamó cristianos” (Hechos 11:26), nombre que reflejaba su creencia de que Jesús era el Hijo de Dios y el medio por el cual el Padre había transmitido su voluntad a la humanidad. Esta convicción los hacía vivir de un modo muy diferente al de sus contemporáneos.
Las enseñanzas de Cristo en el terreno moral impulsaron a sus discípulos a seguir las normas bíblicas, lo que implicaba evitar, según lo explicita el apóstol Pablo, “fornicación, inmundicia, conducta relajada, idolatría, práctica de espiri-tismo, enemistades, contiendas, celos, arrebatos de cólera, altercaciones, [...] borracheras, diversiones estrepitosas, y cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21; Efesios 4:17-24). El apóstol recordó a los cristianos de Corinto que algunos de ellos habían practicado esas cosas en el pasado, incluyendo prácticas como las de ´hombres que se tienen para propósitos contranaturales y hombres que acuestan con hombres.´ Entonces añadió: “Pero ustedes han sido lavados, pero ustedes han sido santificados, pero ustedes han sido declarados justos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 6:9-11).
El precepto de Jesús de que sus discípulos “no son parte del mundo” (Juan 17:16) tal como él no lo fue, hizo que los cristianos no intentaran cambiar el orden social en el cuál influían solamente mediante su vida ejemplar.
En el libro The Rise of Christianity (La aparición del cristianismo), E. W. Barnes menciona: “En los primeros documentos autorizados se representa al cristianismo como un movimiento esencialmente moral y observante de la ley. Sus fieles deseaban ser buenos ciudadanos y súbditos leales. Huían de los defectos y vicios del paganismo. En la vida privada trataban de ser vecinos pacíficos y amigos confiables. Se les enseñaba a ser sobrios e industriosos, y a llevar una vida sin tacha. En medio de la corrupción y el libertinaje reinantes, eran honestos y veraces si permanecían leales a sus principios. Sus normas en materia sexual eran elevadas: se respetaba el vínculo matrimonial y la vida familiar era pura”.
La participación del cristiano en las guerras era inimaginable, a partir del principio de no ser parte del mundo. Uno de los llamados Padres Primitivos de la Iglesia, Tertuliano (siglos II y III) lo explicita así:
Pienso que debemos primero inquirir si de manera alguna la guerra es apro-piada para los Cristianos. ¿Qué sentido tiene discutir lo meramente incidental, cuando aquello sobre lo que se sustenta está condenado? ¿Creemos que es legítimo que un juramento humano sea agregado a uno que es divino? ¿Es legítimo que un hombre se someta a otro amo después que Cristo ha llegado a ser su Amo? ¿Es legítimo renunciar a padre, madre, y a todos los parientes cercanos, a quienes aún la Ley nos ha ordenado honrar y amar en un lugar inferior solo a Dios mismo? ...¿Es legítimo hacer de la espada una ocupación, cuando el Señor proclama que el que usa la espada perecerá por la espada? ¿Tomará parte en la batalla el hijo de paz cuando ni siquiera le es apto litigar? Quien no se venga ni de los propios daños, ¿aplicará la cadena, la prisión, la tortura, y el castigo?
En obediencia estricta al mandato de Jesús con que el apóstol Mateo cierra su evangelio: “Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones” (Mateo 28:19, 20), todos los cristianos evangelizaban y en poco tiempo habían llevado la enseñanza de Jesús a todos los rincones del Imperio Romano. Jean Bernardi, profesor de la Universidad de la Sorbona (París), escribió: “[Los cristianos] habían de salir y hablar en todas partes y a todo el mundo. En los caminos y en las ciudades, en las plazas públicas y en los hogares. En circuns-tancias favorables o desfavorables. A los pobres y a los ricos atados a sus bienes. [...] Tenían que tomar los caminos, viajar en embarcaciones e ir hasta los cabos de la Tierra”.
El cristianismo primitivo condenó explícitamente la explotación del trabajador, ya que el amor al prójimo heredado de la religión hebrea y llevado hasta el grado de la prontitud a sacrificarse a favor del semejante por el nuevo mandato de Jesús de “amar como yo los he amado”, no podría armonizarse con esa práctica. La si-guiente cita de la epístola de Santiago, medio hermano de Jesús, nos exime de abundar sobre la doctrina cristiana sobre el particular:
“Vamos, ahora, ricos, lloren, aullando por las desdichas que les sobrevienen.  Sus riquezas se han podrido, y sus prendas de vestir exteriores han quedado apolilladas.  Su oro y plata están enmohecidos, y el moho de estos servirá como testimonio contra ustedes y comerá sus carnes. Algo semejante al fuego es lo que ustedes han acumulado en los últimos días. ¡Miren! El salario que se debe a los obreros que cosecharon sus campos, pero el cual es retenido por ustedes, sigue clamando, y los gritos por auxilio de los segadores han entrado en los oídos de Jehová de los ejércitos.  Ustedes han vivido en lujo sobre la tierra y se han dado al placer sensual. Han engordado sus corazones en el día del degüello. Han condenado, han asesinado al justo. ¿No se les opone él?”  (Santiago 5:1-6)
Paralelamente se enfatizó el valor intrínseco del trabajo en la vida del cristiano, amén de la solidaridad. Véanse las siguientes directrices de Pablo:
“El labrador que trabaja con tesón tiene que ser el primero en participar de los frutos.”
“De hecho, también, cuando estábamos con ustedes, les dábamos esta orden: “Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma.”
“El que hurta, ya no hurte más, sino, más bien, que haga trabajo duro, haciendo con las manos lo que sea buen trabajo, para que tenga algo que distribuir a alguien que tenga necesidad.”  
No hay duda de que en aquellos días se podía identificar fácilmente a quien era cristiano, y quien sólo pretendía serlo.
Pero, si el cristiano rehusaba aceptar cargos políticos y participar en incluso en lo que la Cristiandad denominó “guerras justas” para dar razón de su intromisión y apoyo a las guerras llevadas a cabo por naciones de la Cristiandad con la bendición de las religiones “cristianas”, ¿cómo podría lograr él modificar la conducta de los hombres?
Contrario a lo que se ha intentado por la fuerza o por medios legales por gobiernos de todo cariz a través de la historia, el cristianismo  buscó y logró ese cambio desde adentro, con la adopción de una “nueva personalidad”, la producción de un hombre nuevo, concepto desarrollado meticulosamente por el apóstol Pablo. Uno de los pasajes en que destaca ese concepto es el siguiente:
 “Deséchenlas todas de ustedes: ira, cólera, maldad, habla injuriosa y habla obscena de su boca. No estén mintiéndose unos a otros. Desnúdense de la vieja personalidad con sus prácticas […] Vístanse de la nueva personalidad, que mediante conocimiento exacto va haciéndose nueva según la imagen de Aquel que la ha creado”. (Colosenses 3:8-10.)
De acuerdo con ello la enseñanza, y ésta en forma individual, personal, se destacó en la actividad docente de Jesús y continuó siendo parte fundamental de la actividad de los cristianos para propagar y arraigar su doctrina. Se hace referencia a esa práctica en la admonición de Pablo, “además, que cualquiera a quien se esté enseñando oralmente la palabra haga partícipe en todas las cosas buenas al que da dicha instrucción oral”. (Gálatas 6:6)
En el curso de Filosofía de la Educación, sería una omisión no destacar la preemi-nencia que se dio a la ética en la docencia cristiana. La epístola paulina a los Romanos dice:
      “Tú, sin embargo, el que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, el que predicas: “No hurtes”, ¿hurtas?  Tú, el que dices: “No cometas adulterio”, ¿cometes adulterio? Tú, el que expresas aborrecimiento de los ídolos, ¿robas a los templos?  Tú, que te glorías en ley, ¿por tu transgresión de la Ley deshonras a Dios?  Porque “el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones a causa de ustedes”; así como está escrito.”
Estas expresiones eran simple aplicación de la condena de Jesús a los líderes religiosos del judaísmo, registrada por el evangelista Mateo:
 “Entonces Jesús habló a las muchedumbres y a sus discípulos, y dijo: “Los       escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés.  Por eso, todas las cosas que les digan, háganlas y obsérvenlas, pero no hagan conforme a los hechos de ellos, porque dicen y no hacen.  Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos mismos ni con el dedo quieren moverlas.”” (Mateo 23:1-4)
Otra característica notable del cristianismo de Jesús fue la ausencia de una clase clerical o jerarquía religiosa. Si bien se establecieron funciones en la estructura organizacional del cristianismo, eso no establecía una división entre un clero mantenido y una feligresía que lo mantiene.
“Cuídense de los escribas que desean andar por todos lados en ropas largas, y a quienes  les   gustan los saludos en las plazas de mercado y los asientos delanteros en las sinagogas y lugares muy prominentes en las cenas, y que devoran las casas de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán juicio más pesado.” (Lucas 20:46, 47)
         “Mas ustedes, no sean llamados Rabí, porque uno solo es su maestro,    mientras que todos ustedes son hermanos.  Además, no llamen padre de ustedes a nadie sobre la tierra, porque uno solo es su Padre, el Celestial. Tampoco sean llamados ‘caudillos’, porque su Caudillo es uno, el Cristo.          Pero el mayor entre ustedes tiene que ser su ministro. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.” ( Mateo 23:8-12)
A propósito hemos evitado tocar el ámbito doctrinal. Pero antes de pasar a analizar el cambio ocurrido desde el segundo siglo en adelante, y no olvidando que estamos dando un vistazo filosófico al cristianismo, en lo que toca a su respuesta a la eterna pregunta de cómo alcanzar la felicidad, copiamos de la introducción de Jesús a su célebre Sermón del Monte, o de la Montaña, en el capítulo 5 del evangelio según Mateo. Aclaramos al hacerlo que la versión de la Biblia que citamos, versión en español moderno, traduce correctamente la palabra griega makarios como felices y no con el tradicional bienaventurados:
“Felices son los que tienen conciencia de su necesidad espiritual, puesto que a ellos pertenece el reino de los cielos.
”Felices son los que se lamentan, puesto que ellos serán consolados.
         ”Felices son los de genio apacible, puesto que ellos heredarán la tierra.
 ”Felices son los que tienen hambre y sed de justicia, puesto que ellos serán saciados.
 ”Felices son los misericordiosos, puesto que a ellos se les mostrará misericordia.
”Felices son los de corazón puro, puesto que ellos verán a Dios.
         ”Felices son los pacíficos, puesto que a ellos se les llamará ‘hijos de Dios’.
”Felices son los que han sido perseguidos por causa de la justicia, puesto que a ellos pertenece el reino de los cielos.
”Felices son ustedes cuando los vituperen y los persigan y mentirosamente  digan toda suerte de cosa inicua contra ustedes por mi causa.  Regocíjense y salten de gozo, puesto que grande es su galardón en los cielos; porque de esa manera persiguieron a los profetas antes de ustedes.”                        (Mateo 5:3-12)

Nace la Cristiandad
Con Agustín de Hipona (354-430 EC), y nos referiremos sólo a un tema, cambia totalmente la actitud de la religión, ya oficial del Imperio Romano y por ende no más perseguida, hacia la relación entre ella y el mundo político que la rodea. El haber recibido los miembros de la Jerarquía títulos, palacios y sueldo del gobierno, que antes eran patrimonio de la religión pagana de Roma, su visión del cristianismo cambió evidentemente. Pero faltaba el golpe de gracia doctrinal.
El Reino de Dios, -centro de la enseñanza de Jesús, de su predecesor Juan el Bautista y de los discípulos del Siglo I- un gobierno de origen divino con el Mesías o Cristo como rey, que sustituiría a  los gobiernos humanos descritos aptamente como “bestias” tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamen-to, era la esperanza del cristiano. De ahí su desapego por los asuntos políti-cos de las naciones en que vivían, considerándose, como lo definió Pablo, extranjeros en ellos en tanto que ciudadanos ejemplares y solidarios, obe-dientes a la ley en todo otro aspecto, mientras esa obediencia no implicara violación de los principios cristianos. (“Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres.” El apóstol Pedro en Hechos 5:29)
“San” Agustín cambió esta postura y la impuso en  la Iglesia Romana. El tener el favor del Estado, quien se proclamaba “cristiano” y la defendía y la ayudaba a esparcirla por la espada a naciones “paganas” –recordemos sólo la colonización y  ”cristianización” de América- facilitó el sostener que el Reino de Dios ya había sido establecido pasando la Iglesia  a ser aliada inseparable del Estado, teniendo ambas partes de este “matrimonio de conveniencia” obligaciones y derechos.
El resultado para la población lega, la opresión, la explotación, las matanzas, la crasa aceptación y práctica de la más flagrante inmoralidad –según la medida de moral del cristianismo primitivo- a que dio lugar ese contubernio, que conservó abusivamente el nombre de cristianismo, avergüenza las en-señanzas de su fundador.

Cambiando la etiqueta
Un mínimo respeto por las enseñanzas de Jesús, veámoslo como el Cristo,
el Hijo de Dios, o como el más grande maestro de la historia, o como polí-ticamente muchos lo denominan “el primer revolucionario” –cada cual desde su posición ideológica sobre el particular- nos guía a colocar al producto que hoy se vende como cristianismo, la etiqueta correcta: CRISTIANDAD.




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